Pequeñas crónicas del mal vivir. El ministro futbolero

Y ahí está de nuevo, ahora, en el verde césped, ahora sintético, el césped, y él también, él un poco más sintético que antes, mucho más que antes, o ahora mucho más evidentemente sintético…

En un tiempo pasado, que no fue mejor, me tocó transitar por los intersticios del fútbol, el magma que habitan quienes dirigen el mundo de la pelota. Un poco arrastrado por el club que albergó mi infancia y otro poco por lo que se vislumbraba como una salida laboral ante la pésima elección de carrera que alguna vez hice, algo así como una carrera de montaña, que debe realizarse en ojotas, de noche, y sin montañas.
-Estudiaste comunicación? Ah periodismo, y por qué te quedás callado? Tenés problemas de comunicación, qué raro!

Tiro en la sien número cien.

Así fue que la posibilidad de realizar un algo relacionado a una nanoparte de esta profesión? oficio? sinuosidad sin línea de llegada? que me había atropellado en la feria de atropellarse stands prometedores de éxito -yo a ella la atropellé o ella a mí? la justicia aun no se expide- me depositó misteriosamente en el club de mi barrio, justo durante los años en que el primer equipo de fútbol pasó de casi descender a lograr el ascenso a la máxima categoría del fútbol argentino. Sacala!!!

Durante esos años, que fueron cuatro, creo, pero me parecieron veinte, estoy seguro, tuve la suerte de visitar muchas ciudades del país, la desgracia de lidiar con una parte del periodismo, la alegría de vivir algunos momentos lindos y la asfixia de conocer a muchas personas, muchas, de todo tipo -aunque las personas no puedan tipificarse, o al menos como uno querría tipificarlas. A varias de ellas ya las olvidé. A algunas, a una, la frecuento con cierta periodicidad. Pero hay otra en particular que nunca pude quitármela de encima. No la frecuento pero está. Es cómo el sol pero no es un sol. Todo lo contrario. Es una nube, o la más oscura noche de estos lares. Y aunque deseo nunca más verlo, vuelve, como sueño recurrente, como una pesadilla recurrente, pero estoy despierto. Nunca he podido sepultarlo en aquel pasado de 22 jugadores corriendo detrás de una pelota, y de gente curando sus penas desde las tribunas.

Cuando lo conocí, creo que era ministro de gobierno o algo así, tal vez super ministro de gobierno, inseguridad y relaciones carnales con posibles alianzas que luego destruiremos. Creo que algo así decía la tarjeta (nota al pie: antes se usaban tarjetas de presentación en papel, unos cartoncitos rectangulares con nombre, cargo y contacto) o tal vez decía orgullo de la facultad de ministros de la universidad nacional del viejo cuyo, y molesto para jugar al fútbol. Al poco tiempo que arribamos al club, yo un poquito después que los capangas del asunto, las relaciones con la política, y otras especies cercanas, se dieron naturalmente. A todas las personas les gusta ser parte, entrar gratis a la cancha, tener una entrada de protocolo y una oblea de estacionamiento, sobre a todas las personas egresadas de la facultad de ministros y afines de la universidad nacional del viejo cuyo. Una entrada con honores de palco. Y llegan en autos oficiales, con la tuya, y acompañados del edecán de turno, que chapea y a veces hace las veces de chofer y repartidor de tarjetas personales. Sepa usted socio, simpatizante, hincha orgulloso, que junta cada quince días o al mes una pequeña fortuna para obtener su lugar en el templo de curar las rabias semanales, que el señor ex-ministro de gobierno, inseguridad y relaciones carnales con posibles alianzas que luego destruiremos, y muchas personas más, consiguen ese mismo beneficio a costo cero. Alguien lo paga en realidad. Se llama entrada de protocolo, protocolo de no garpar, protocolo de sentarse en un palco y comer sanguchitos en el entretiempo.

El asunto es que el tipo en cuestión era ministro de gobierno, inseguridad y relaciones carnales con posibles alianzas que luego destruiremos, de un espacio político que se llamaba unión morada, o franja cívica, o unión radical, o algo así, pero que pronto se llamaría unión franja, o concertación mendocina, o cambia concertación, o unión cambia, o algo así. Después, o antes, ya no estoy seguro, el tiempo es inasible, formaría una alianza con un espacio que aborrecería más adelante -nadie puede sorprenderse, el nombre de su ministerio lo anticipaba, coherencia por favor-, se convertiría así en el promotor de la llegada del san martín de la 125 a la vicepresidencia de la nación, compartiría flashes y le regalaría camisetas a un racinguista distinguido, a quién luego chiflaría en cuánto lockout patronal del campo se cruzara, pero esa es otra historia…

En fin, conocí a muchas personas, o similares, hasta la asfixia, y una de ellas fue el ministro, que luego diputado. Incluso jugaba al fútbol con él, porque el edecán de turno, uber prematuro, lo acercaba hasta los encuentros que los dirigentes y afines del mundo de la pelota organizaban cada fin de semana -es sabido que los dirigentes y afines del mundo de la pelota son futbolistas frustrados que regentean el futuro de los clubes sólo para poder armar partidos con camisetas y pelotas oficiales durante el intervalo de la semana que no regentean el futuro de los clubes- en el predio de alguno de ellos. En realidad el ministro, que luego diputado, que luego intendente, jugaba al fútbol conmigo, porque en esa época yo podía fumarme cuatro parisienne (con s final?) y disputar cuatro partidos seguidos sin tomar una gota de agua, y el ministro acompañaba, y hablaba mucho, y mejor que ahora, hasta creímos en algún momento que sólo hablaba, que jugaba de palabra. Y jugaba de palabra. Luego el ministro, que luego diputado, que luego intendente, fue perdiendo la palabra. Y luego gobernador. El asunto es que jugaba de palabra y todos sabemos ahora, como anunciaba el nombre de su ministerio, que su palabra no tenía demasiado valor, al punto de devaluarse hasta perder la sustancia, en el presente. Y ahora gobernador, otra vez.

El 3 de diciembre de 2005 nos encontramos, con el ministro, que luego diputado, que luego intendente, que luego gobernador, que luego senador, en la ciudad de Rafaela, provincia de Santa Fé. Rafaela fue una de las ciudades del país que pude conocer en aquellos tiempos. No recomiendo Rafaela para veranear, cuando tenga instagram haré un reel para dar algunos tips de porqué no veranear en Rafaela. La cuestión es que nos encontramos y no fue casualidad, resulta que ese día el club que albergo mi infancia, y esos años que parecieron veinte, disputaba un instancia cúlmine para la obtención del título que luego lo llevaría a la primera división del fútbol argentino. Hasta ese momentos éramos de segunda, el ministro y yo, luego yo seguí siéndolo y él, diputado, intendente, gobernador… Nos encontramos en la puerta de entrada de la platea del modesto club Ben Hur, de Rafaela, sin Heston pero, como decía un compañero de aquellas aventuras, con muchos que la trabajaban de artistas de cine. Resulta que este artista de cine, ministro, que luego diputado, que luego intendente, llegó a la puerta con su edecán, uber prematuro, pero sin entrada para ingresar. El protocolo, que por esos tiempos no conocía de galperines ni pedidos ya, había fallado o a nadie en el club de Charlton le había perturbado la posible llegada del ministro. Y ahí estaba yo, ejerciendo mi rol de prensero de segunda categoría, y lo hice entrar. Ni siquiera recurrí al uso de las prolijas invitaciones de protocolo que administraba a expensas de la generosidad del prensero de segunda categoría de la institución local, sólo recordé el poder performativo de mi palabra autorizaba y advertí al señor que controlaba el ingreso que estábamos ante la presencia del ministro, que luego diputado, y de su edecán/uber/prematuro. Ábrate Sésamo se escuchó e ingresaron. La crónica deportiva y las apostillas pueden encontrarla en algún archivo digitalizado de los pasquines locales. Otra historia.

Hablaba mucho, y mejor que ahora. Tal vez hasta corría un poco -quizá no tanto como el sobrino del mudo, que parece corre bastante, para ganarle al ahora ministro de educación, super cultura y vendimias, que antes intendente- pero algo se movía, o parecía que se movía, mientras puteaba y jugaba de palabra. Y ahí está de nuevo, ahora, en el verde césped, ahora sintético, el césped, y él también, él un poco más sintético que antes, mucho más que antes, o ahora mucho más evidentemente sintético… Camina, chocándose la pelota, todas la pelotas a él, ahora gobernador, que antes senador, que antes gobernador, que antes intendente, que antes diputado, que antes ministro. Ahí está él, un martes? a la tarde?, la semana siguiente a que el senado convirtiera en ley la fórmula jubilatoria, una semana antes que su amigo el presidente la vete, y unas semanas antes que los franja cívica cambiemos apoyen el veto. Camina la cancha, chocándose la pelota, juega de palabra, chocándose las palabras, menos palabras que antes ¿Se puede perder vocabulario con el paso del tiempo? Sí. También «puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». Amén.