Infierno redentor
Las lenguas de fuego torturan y salvan a las personas más escépticas y a las más creyentes por igual. Soberbios, jugamos a anticipar su llegada, entre temerosos y gozosos por su visita. Amamos esa pincelada del infierno que expía las culpas de grandes y jóvenes por desearlo con devoción, por rezar para que nos visite, por la herejía de la interpretación. Paradoja aparte, Pacífico es su origen, pero luego se eleva, se enciende y arrastra todo. Amamos esa versión del infierno porque también se lleva angustias y preocupaciones diarias. Lo amamos porque deja lugar a la pereza. Porque es una ofrenda que nos salva del infierno terrenal: da descanso a la obediencia secular de cada día. Lo amamos porque en su ira vemos la nuestra. Acaso la diferencia entre dios y el diablo no sea más que la duración de su presencia. El temor aparece y nos resguardamos, otra no queda si está zondeando.

