Habitar la tristeza. A propósito de Todos somos extraños y Vidas pasadas
Guiones de género y promesa de felicidad
“¿Cómo es que nadie me encontró?”, se pregunta Harry. “¿Dónde están mis amigos? Mi hermano y hermana. ¿Dónde están mi mamá y mi papá?”
Adam le responde, “te encontré”.
“Pero no quiero que me veas así. Así no. Estoy ahí”, dice Harry.
“No estás ahí. Este eres tú, aquí. Conmigo”, responde Adam.
El diálogo se produce entre los protagonistas de “Todos somos extraños” (All of Us Strangers), la película dirigida por Andrew Haigh, basada en la novela Strangers de Taichi Yamada. El film ha sido catalogado dentro del subgénero LGBTQ+. La trama se centra en Adam (Andrew Scott), un guionista homosexual que enfrenta la pérdida temprana de sus padres muertos en un accidente, y Harry (Paul Mescal), su vecino, con quien inicia una relación íntima.
La crítica ha descripto a la película como exploración de la soledad, el aislamiento y la capacidad que puede tener el amor para la conexión humana. Lo que distingue a “Todos somos extraños” es su narrativa sobre las experiencias de vulnerabilidad que tenemos las personas, todas las personas. A partir de los dolores, las vergüenzas, los deseos propios del imaginario gay y, sobre todo, de la existencia gay, lo que resulta preponderante es una narrativa de la fragilidad humana. Adam y Harry no tienen en el mundo nada excepto ellos mismos y su tristeza. Ternura y erotismo se conjugan para construir subjetividades que se permiten la vivencia del dolor, ese tipo de tramitación de los traumas tan alejado del clima de época actual, crispado y violento, donde la tristeza sólo puede elaborarse como enojo, grito o agresión.
Papá: Te oía llorar en tu habitación después de la escuela. ¿Te acosaron los chicos?
Adam: No sólo los chicos.
Papá: ¿Qué hacían?
Adam: Me llamaban niña. Se negaban a jugar conmigo. Metían mi cabeza por el inodoro y me arrojaban bolígrafos a la cara.
Papá: Los niños son unos cabrones.
Adam: ¿Por qué no entraste a mi habitación si me escuchaste llorar?
Papá: ¿Por qué no me dijiste lo que estaba pasando en la escuela?
Adam: No, responde tú primero. Puedes ser honesto.
Papá: No quería pensar en ti como el tipo de chico con el que otros chicos se burlaban. Sabía que si estuviera en tu escuela, probablemente también te habría molestado. No puedo imaginar que sea muy agradable escuchar eso.
Adam: Creo que siempre lo supe de todos modos. Probablemente por eso nunca te conté lo que me estaba pasando.
El viaje a la infancia es la estrategia para mostrar esos vínculos dolientes que fungen como nudos ciegos. La escritora y ensayista Melissa Febos sostiene que lo primero que hacemos en la autoficción es traicionar a quienes participan o participaron de una vida. Cuando lo no dicho encuentra su cauce no solamente (re) construimos el mundo vivido, también le perdemos el miedo a los demás que forman parte de nuestra vida.
“Vidas pasadas”, la película dirigida por Celine Song, descripta como una historia de triángulo amoroso con rasgos asiáticos y europeos, en realidad, recupera parte de la biografía de su directora. Temas como el amor, las elecciones de vida, la identidad cultural, la pertenencia y el multiculturalismo son parte de los tópicos que dan forma a la historia. Aquí también, la infancia, los vínculos, la memoria, las afectividades, ponen a la melancolía en el centro de la construcción narrativa.
Nora: Hae Sung. ¿Por qué me buscaste?
Hae Sung: ¿Hace 12 años? ¿Realmente quieres saber? Solo quería verte una última vez. No sé mucho. Porque te fuiste tan de repente… Estaba un poco enojado.
Nora: Lo siento.
Hae Sung: ¿Por qué lo sientes?
Nora: Tienes razón. No tengo que lamentarlo.
Hae Sung: Desapareciste de mi vida y ¡boom! Te encontré.
Nora: ¿Por qué hiciste eso?
Hae Sung: No lo sé. Porque… A menudo pensaba en ti durante mi servicio militar.
Nora: Entiendo. Entonces éramos niños.
Hae Sung: Es verdad. Y cuando nos volvimos a encontrar hace 12 años, también éramos niños.Nora: Ahora ya no somos niños.

Las elecciones que componen una vida, la incertidumbre, las decisiones vitales, los recuerdos van modelando otras representaciones posibles de ser mostradas. Una conjugación de responsabilidad afectiva y honestidad que duele y libera al mismo tiempo. “Vidas pasadas” es un resplandor de lo que sucedió a Nora y Hae Sung donde alcanzamos a leer la tristeza de ser, de cambiar, de seguir siendo.
Nora: ¿Cuándo podrás venir a verme a Nueva York?
Hae Sung: En aproximadamente un año y medio, debido a mi programa de intercambio de idiomas, y…
Nora: No tienes que dar explicaciones. Pasará al menos un año antes de que pueda ir a verte a Seúl… Quiero que dejemos de hablar entre nosotros por un tiempo.
Hae Sung: ¿Por qué?
Nora: Emigré dos veces para vivir aquí en Nueva York. Quiero lograr algo aquí. Quiero comprometerme con mi vida aquí, pero en cambio paso mi tiempo buscando vuelos a Seúl.
Hae Sung: ¿Así que ya no quieres hablar conmigo?
Nora: Solo por un tiempo.
La pensadora feminista Sara Ahmed señala en su libro “La promesa de la felicidad” que los guiones de género pueden pensarse como guiones de felicidad que nos ofrecen instrucciones acerca de lo que mujeres y varones debemos hacer para ser felices. Ahmed dice que ir con la corriente, en el sentido de mostrar la capacidad y disposición de expresar felicidad ante la proximidad de las cosas adecuadas, es seguir la corriente a esos guiones de felicidad que nos indican qué y cómo hacer las cosas que nos corresponden: de acuerdo a nuestro género, nuestra edad, nuestra ubicación geográfica y de clase, nuestros colores de piel, incluso nuestra religión. Encajar dentro de esos guiones siempre ha tenido sus costos. Callarse tiene su costo, obedecer tiene su costo, someterse tiene el suyo, consentir, reprimir, ser violentadx. Aquí es donde el feminismo cobra sentido de conciencia política, especialmente en relación a todo lo que las mujeres (y disidencias) debemos renunciar en nombre de la felicidad. Ahmed sostiene que el sólo reconocimiento de esa renuncia como pérdida es ya una forma de duelo. Cuando rechazamos adaptarnos, no solamente lloramos una pérdida, con ese duelo se abren otras posibilidades de vida. Al ser concientes de la felicidad como pérdida, nos negamos a renunciar- en nombre de ella- al deseo, a la imaginación y a la curiosidad. Darse cuenta de todas las cosas a las que hemos debido renunciar puede resultar, de por sí, un poco triste. Sin embargo, en un mundo que se ha vuelto predominantemente violento, donde reina el odio como sentimiento a alcanzar y donde agredir es una virtud, habitar la tristeza puede ser el lugar del encuentro, de la desobediencia y por qué no, del renacimiento.
Autora: Valeria Hasan

